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1ª campaña del BIO 'Las Palmas' - Suplemento Revista General de Marina - Especiales - Armada Española - Ministerio de Defensa - Gobierno de España

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miércoles, 23 octubre 2019 - documento de las 02:47:29
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1ª campaña del BIO 'Las Palmas' Especiales

Manuel ROMASANTA PAVÓN

Capitán de fragata

Introducción

Un día después de haber cruzado el paralelo 60º S y haber entrado en la Zona del Tratado Antártico, exactamente el 20 de diciembre de 1988, el buque oceanográfico Las Palmas (A 52) fondeaba en la bahía sur de la isla Livingston, frente a la Base Antártica Española «Juan Carlos I». Era la primera vez que un buque de la Armada española fondeaba en aguas antárticas. Fue aquél un momento especialmente relevante para los 25 miembros de la dotación del buque, no sólo por la satisfacción de prestar un servicio a España y por el privilegio de participar en un acontecimiento histórico para la Armada, sino por encontrarse en aquellos parajes tan inusuales contemplando el espectáculo indescriptible de la naturaleza intacta. Culminaban así cuatro meses de intensa preparación de un buque al que la Armada decidió transformar en oceanográfico, continuando así su ya extensa aportación al desarrollo de la investigación científica española.

Fotografía aérea del BIO Las Palmas. (Foto: Escuadrón SAR de Canarias).

Transformación del buque

Los preparativos de la campaña se iniciaron en el mes de junio de 1988 en el Arsenal de Las Palmas de Gran Canaria. Por un lado, los trabajos se centraron en adecuar el buque a las peculiaridades y dificultades de la navegación por aguas antárticas, reforzando el casco en la proa y mejorando los sistemas de ayuda a la navegación y comunicaciones; por otro, se tuvieron en cuenta sus nuevos cometidos de investigación científica y apoyo logístico, realizando cambios en la superestructura, como la instalación del laboratorio y el contenedor para equipos científicos. Finalmente, se mejoraron la habitabilidad y la calidad de vida a bordo, aspectos éstos fundamentales para el trabajo en ambiente antártico, que incluye largos periodos en la mar y que se lleva a cabo de forma intensa y en condiciones meteorológicas adversas. Se habilitó, además, alojamiento para otras 24 personas no pertenecientes a la dotación del buque.

A mediados de octubre el buque se traslada al Arsenal de La Carraca, donde se le reclasifica como oceanográfico, se completa su transformación y se ultiman los detalles previos a la partida hacia la Antártida. El Las Palmas adopta una apariencia claramente polar tras su metamorfosis. El blanco y el rojo anaranjado sustituyen al gris naval, y un pingüino dibujado en la chimenea recuerda cuál será su próximo destino. Sus aparentes pequeñas dimensiones engañan. Su alma de remolcador de altura, con 7.000 CV proporcionados por dos motores diésel, y su desplazamiento similar al de una corbeta, aunque con la mitad de eslora, lo convierten en un buque realmente fiable. Serán esas dimensiones las que despertarán la admiración de muchos al advertir su presencia en el «Gran Sur».

El fuerte viento de levante retrasa un día la salida de La Carraca, iniciándose finalmente el 6 de noviembre la Campaña Antártica-Verano Austral 88/89.

En tránsito a la Antártida

Antes de cruzar el Atlántico el buque hace escala en Las Palmas de Gran Canaria, paso obligado del buque antes de emprender la campaña. En el acto oficial de despedida se ofrece a la dotación frutos y bebidas de la isla, como deseo de buena ventura. Al día siguiente, sábado 12 de noviembre, en una apacible noche, el Las Palmas inicia el cruce del Atlántico. Tras 10 días de tránsito entra en Recife. Desde allí, a Montevideo. Sería durante el tránsito de este puerto a Ushuaia, en el estrecho de Le Maire, cuando sufriría uno de los peores temporales de la campaña, y donde el A 52 demostraría una vez más su buen comportamiento marinero y su fiabilidad. Ya en Ushuaia embarca el resto de personal expedicionario, que incluye científicos y técnicos de diversos organismos civiles y militares, y se establece la Agrupación Antártica Española de la que forma parte el buque.

El BIO Las Palmas atracado en puerto Williams. (Foto: J. Roca).

Son días de intensa actividad. Desde la partida de Ushuaia habrán de transcurrir casi 80 días sin entrar en puerto, durante los que el Las Palmas se adentrará en un mundo aislado, por lo que su dotación deberá cuidar minuciosamente los detalles logísticos y operativos para poner el buque a punto antes de su salida a la mar. Por fin, el 17 de diciembre, con un total de 51 personas a bordo, nos disponemos a efectuar el salto del Drake, el primer escollo antes de alcanzar la Antártida. Se trata de un lugar famoso por sus tempestades, como las que llevaron al almirante español Gabriel de Castilla, cuatro siglos antes, cuando navegaba hacia el sur desde las proximidades del cabo de Hornos con sus naves Ciervo Volante y Buena Nueva, a avistar las tierras australes. Sin e m b a rgo, en su primer cruce, el Las Palmas fue recibido por un Drake sin temporal.

El día 19 cruzamos el paralelo 600 Sur, entrando en la Zona del Tratado Antártico. Conforme avanzamos el agua se torna más oscura y densa, como signo claro de que nos adentramos en el océano Glaciar. A la mañana siguiente aparecen los primeros hielos. Enormes icebergs flanquean la entrada al mar de Bransfield por el estrecho de Boyd. Sin embargo, este año la banquisa ha retrocedido lo suficiente como para permitir el paso por los accesos sin mucha dificultad. En el puente, conforme nos acercamos a tierra, se presta especial atención al sondador. La cartografía es demasiado general y poco precisa como para navegar con seguridad por aguas someras. En algunas cartas las sondas escasean y sólo aparecen las líneas que obtuvo en su sondador algún barco que pasó por la zona. La carta que levantó la Comisión Hidrográfica durante la campaña anterior nos facilita la aproximación final hasta la bahía sur de isla Livingston. A las 1124, hora local, del día 20 de diciembre quedamos fondeados frente a la Base Antártica «Juan Carlos I», en sonda de 60 metros.

La campaña científica

Nuestro primer objetivo quedaba de esta forma cumplido. La Armada, en un tiempo récord, había conseguido poner a punto un buque para realizar una campaña de investigación y participar en una de las mayores aventuras científicas de nuestro país. Esa especial atención a la Ciencia ha sido una constante en la Armada, fundamentalmente por esa íntima relación entre navegación e investigación. En el recuerdo, la Expedición Malaspina, que testimonió la presencia española en los bordes antárticos en la más importante empresa científica española del siglo XVIII.

Con la Campaña 88/89 culminaba una serie de acontecimientos de especial relevancia que ponían de manifiesto el renovado interés de España por la Antártida. La BAE «Juan Carlos I» quedaba operativa en enero del 1988, durante la primera campaña antártica española, y nuestra adhesión al Tratado Antártico, como miembro consultivo, se producía en septiembre del mismo año.

El Las Palmas será el centro de las actividades de la expedición organizada por el Ministerio de Defensa, que se desarrollará fundamentalmente en la zona de las islas Livingston y Decepción, en paralelo y complementariamente con la expedición que trabajará en la Base Antártica Española «Juan Carlos I», dependiente del Centro Superior de Investigaciones Científicas. El plan de trabajo abarcaba nueve programas científicos desarrollados por dicho centro, el Instituto Español de Oceanografía y el Instituto Nacional de Meteorología, así como el Centro de Buceo de la Armada, el Instituto Hidrográfico, el Real Instituto y Observatorio de la Marina y diversos organismos del Ejército de Tierra. Además, dos oficiales médicos, uno de ellos de la dotación del Las Palmas, se encargarán de llevar a cabo el programa de investigación médica.

Los primeros días en los mares antárticos se dedican a actividades logísticas de apoyo a la BAE y desembarco de material científico. Los días se aprovechan al máximo porque son pocas las horas de oscuridad. El trabajo es duro, soportando frío, viento y agua, pero se realiza con alegría y disponiendo de algo de tiempo para disfrutar de las nuevas emociones que nos brinda la Antártida.

Fondeados frente a la Base «Juan Carlos I», a más de 12.000 kilómetros de nuestras casas, y rodeados de pingüinos asombrados, celebramos la Navidad. Todos reunidos, dotación e investigadores, como una segunda familia, y reconfortados por el calor del interior del barco, saboreamos un menú típicamente navideño que nos ha preparado nuestro cocinero Manuel Vela, siempre preocupado por proporcionarnos las necesarias 4.500 calorías diarias por medio de sabrosos y abundantes platos.

Zódiac desembarcando material en la playa. (Foto: J. Roca).

Al día siguiente nos aguardaba otra de las emociones de la navegación antártica: el paso por los fuelles de Neptuno para acceder a Puerto Foster, en la isla Decepción, donde se encontraban las instalaciones del destacamento popularmente conocido como «El Naranjito», por su llamativo color butano, más tarde refugio-observatorio semipermanente y hoy Base Antártica española «Gabriel de Castilla», diseñado y construido por el Ejército de Tierra. Aunque después se convertiría en rutina, en las casi veinte ocasiones que lo cruzamos siempre se adoptaba la condición de máxima seguridad para este paso.

Una antigua fábrica abandonada en el interior de la isla nos descubre la realidad del interés por la Antártida a comienzos del siglo XIX, una etapa en la que los viajes antárticos tenían como principal objetivo la caza de focas. Al adentrarnos en Puerto Foster, el vapor que desprenden las fumarolas nos recuerda el origen volcánico de la isla. El agua en estos puntos está caliente, lo que será utilizado por algún pasajero de los buques turistas que transitan por la zona para disfrutar de un inolvidable «baño antártico».

Nuestro oficial de derrota nos conduce con precisión al único lugar apto para fondear con ciertas garantías: una meseta de pequeñas dimensiones que se eleva del fondo volcánico y cuya detección es recibida con júbilo en el puente cuando aparece en el sondador. Pero, esa misma tarde, un fuerte temporal nos hizo garrear, algo que se convertiría en habitual a lo largo de la campaña y que nos obligaría a permanecer navegando toda la noche.

Durante los días siguientes reinó el mal tiempo, con rachas de viento de hasta 80 nudos. Fue precisamente durante esos días cuando el buque puso a prueba el refuerzo en la proa al tener que abrirnos paso entre placas de hielo de pequeño espesor para poder alcanzar la base polaca Arctowsky, en la isla Rey Jorge, donde nos esperaba material con destino a la BAE «Juan Carlos I». El barco avanzaba lentamente por la bahía de acceso a la base polaca pero, finalmente, hubo que abandonar el objetivo al aumentar el espesor y longitud de los hielos que cerraban el paso. Una semana más tarde se regresó y se completó felizmente la misión.

El buen tiempo con que comenzó el año 1989 permitió progresar en los trabajos científicos y de apoyo logístico. Los barqueos de material y personal se alternan con trabajos oceanográficos, hidrográficos y levantamientos de perfiles sísmicos en la zona de operaciones. Para los numerosos barqueos contábamos con el inestimable apoyo de un equipo de buceadores del Centro de Buceo de la Armada. Las operaciones de levantamiento de perfiles sísmicos en el mar de Bransfield, repleto de témpanos, nos dejan bonitas fotos para el recuerdo. Todos agradecimos la visita, durante esos primeros días del año, del embajador de España en Chile, quien puso de manifiesto el interés de España en la Antártida y, de alguna forma, nos hizo sentirnos más cerca de nuestros seres queridos.

La cooperación en la Antártida

La cooperación y el apoyo entre los integrantes de las diferentes expediciones y dotaciones de buques cobran especial significado cuando evocas la Antártida. Durante la campaña tuvimos ocasión de mantener contacto y visitar algunas bases y buques de otros países en la zona, lo que hizo que muy pronto nos sintiésemos parte integrante de la «comunidad antártica».

Base Antártica «Gabriel de Castilla» desde el BIO Las Palmas. (Foto: J. Roca).

El día 24 de enero fue especialmente emotivo a causa del relevo de los investigadores y técnicos que participaron en la primera fase de la campaña, que partían de regreso a España en vuelo desde la isla Rey Jorge. Triste partida, aunque con el consuelo de que algún día regresarían. Algunos de los componentes del nuevo grupo ya conocían la zona; para otros fue un bautismo antártico que hizo aflorar a sus rostros la ilusión por lo desconocido.

Los trabajos de investigación científica y de apoyo logístico a la Base «Juan Carlos I» y al destacamento de isla Decepción se reanudan en unas condiciones meteorológicas, con presencia de hielos, especialmente duras. Al apoyo cotidiano a la expedición se une el de auxilio a buques de otros países con motivo de accidentes, destacando en todos los casos la labor de los buceadores del Centro de Buceo de la Armada. Especialmente amargo fue el accidente que supuso la pérdida del buque polar de la Marina argentina Bahía Paraíso. Una placa conmemorativa, entregada por las autoridades argentinas, recuerda aquel acontecimiento.

El regreso

Conforme se acerca el otoño austral las condiciones de navegación antártica se van complicando, con un mayor número de horas nocturnas y de niebla. A finales de febrero concluyen los trabajos científicos. Se embarca al personal y el material de la base y destacamento y se inicia el tránsito de regreso. Esta vez, aunque el cruce del Drake vuelve a hacerse sin temporal, no resulta cómodo.

El 4 de marzo entramos en Punta Arenas. En nuestros rostros se reflejan los muchos días de duro trabajo, sin puertos de descanso, pero con la satisfacción de haber realizado una labor de servicio a España, con el privilegio añadido de haber participado en una campaña histórica para la ArmaSda.

Más tarde haríamos escala en Buenos Aires, Montevideo y Salvador de Bahía, entrando en Las Palmas el 18 de abril. Con la llegada a Rota el 27 del mismo mes se dio por finalizada la Campaña Antártica-Verano Austral 88/89.

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